Las elecciones autonómicas del 27M pasarán a los anales del olvido por la ausencia de programas electorales y la pérdida de su naturaleza regional. Descontando otros asuntos como Irak (con el que, cansinamente, inician los socialistas su vídeo electoral), las salidas del etarra De Juana Chaos (que cesarán algún tiempo tras ser intervenido quirúrgicamente en dos ocasiones como daño colateral producido por la huelga de hambre) o con las funestas declaraciones de unos y otros (con una mano en el atril y otra haciendo bocina para denunciar todo lo denunciable), la impugnación de las listas de ANV, los constantes vaivenes de un Gobierno de personalidad dual y los repentinos ataques de miedo y cólera del partido popular se alzan ensordecedores por encima de las voces más sensatas que recomiendan lo más simple en democracia: el diálogo. Cuanto más abierto, mejor. 

Mientras aparecen las primeras fisuras de un sistema consensuado en apariencia, se suceden las corruptelas políticas en uno y otro bando sin que las buenas intenciones de unos y las políticas de sumidero de otros remedien el panorama. Y, de fondo, el telón del preludio de los comicios de 2008, aunque pueda parecer que el tiempo se ha adelantado un año y, en lugar de autonómicas, se vota para unas generales. Las prisas del PSOE por ganar en solitario una carrera popular, el ‘no’ por antonomasia del PP, el “vale la pena intentarlo” del Rey y el apoyo incondicional de Batasuna a ANV han dejado entrever la contradicción que supone la conjugación de estrategias políticas a largo plazo con los intereses más cercanos a los ciudadanos, que son los que, a la postre, quedarán expuestos a la honradez o el mal hacer de los ayuntamientos. 

Ante esta tormenta ideológica de rencores electorales provocados por lo que parecen ser los últimos coletazos de la banda terrorista, temas tan amplios como e 11M o ETA deberían quedar eximidos de los mítines políticos, por el bien de todos. No por desviar su importancia, sino por apagar fuegos sociales y no pecar de rápidos y adoptar medidas incorrectas. Nada de eso tendría que tener lugar en una campaña electoral, o el ascenso del poder a las autonomías y municipios no se realizará de forma limpia y lícita, y sí empañada de emociones fúnebres y febriles miedos parlamentaristas.