Oscar Wilde decía que las obras literarias clásicas son libros que todo el mundo conoce pero que nadie lee. El deporte también tiene sus parecidos con la literatura. Véase: Que Ronaldinho no quiere poner fin a su repertorio de jugadas ‘de libro’ es una verdad tan fehaciente como que el fútbol está poblado de protagonistas que se visten de blanco y antagonistas, que, aunque blancos, no brillan tanto.

Lo mismo ocurre con el juego del FC Barcelona, que, salvo algún tropiezo, es tan notable que su fútbol es algo parecido a una  ‘frase hecha’. De sobra es sabido que para doblegar a los rivales se requiere una capacidad de ‘leer bien los partidos’ y que ‘el argumento’ no se acabe como se le ha acabado a Fernando Vázquez. La deportividad, el juego limpio y el <i>fair play</i> son como los clásicos. Todo el mundo los conoce, la mayoría habla de ellos pero casi nadie les hace caso. Al menos en las primeras divisiones, porque en lo que respecta al fútbol base, la concepción del deporte espectáculo ha quedado relegada a la promoción de valores.

El prólogo
De todo ello dio ejemplo el equipo alevín B del FC Barcelona en la final del torneo de alevines Vila de Peralada frente al Espanyol del pasado domingo. El conjunto blaugrana reconoció el error de haber marcado un gol jugando con inferioridad y se autocastigó de la misma forma: dejando empatar el partido al rival.  Todo comenzó cuando el Espanyol lanzó fuera un balón al ver a uno de los jugadores del Barcelona que se encontraba tendido en el suelo doliéndose de una lesión. Fue entonces cuando Mammadou, sin darse cuenta de que uno de sus compañeros se encontraba lesionado, aprovechaba el despiste para hacer un gol de bella factura adelantando a su equipo con 1-0. Transcurrían solamente cuatro minutos de juego. 

El argumento
El gol era legal, aunque de dudosa legitimidad. No existe norma alguna que prohíba a los jugadores marcar cuando uno de los futbolistas está invalidado en el campo, siempre que el árbitro no haya detenido previamente el juego. Pero no lo entendió así el entrenador del FC Barcelona, Alberto Puig, quien, en un acto de deportividad, obligó a sus jugadores a dejarse marcar un gol para igualar el marcador. La euforia de los jugadores y el griterío de la grada impedían las órdenes del técnico, y el gol del empate no llegó hasta pasados varios minutos.

Los jugadores del FC Barcelona no entendían la reacción de su entrenador, aunque finalmente la defensa cedió el balón al delantero rival para que marcara a placer. Todo un ejemplo de juego limpio. “Albert Puig nos iba diciendo que la diésemos a los otros para que marcasen, pero no oíamos nada porque los del Espanyol estaban enfadados y decían de todo. Pero al final Carlos le dio el balón a un delantero del Espanyol y nuestro portero se dejó hacer el gol.”, declaró el capitán Álex Corredera al término del encuentro 

El desenlace 
El partido prosiguió sin incidentes y el Barcelona consiguió finalmente la victoria imponiéndose por 2 a 1 con un segundo gol de Mammadou. Por una vez la ética se impuso al deporte y, al contrario de lo sucedido entre el partido entre el Villarreal y el Atlético de Madrid, se prefirió jugar en igualdad de condiciones.

Los ‘grandes’ deberían aprender a veces de los niños, porque todas las historias tienen un final, pero siempre es mejor y sea feliz a que el deporte rey se convierta en un espectáculo agridulce.