Parece mentira. Nos irritamos ante los debates sobre si la televisión tiene que ser un servicio público o estar al servicio del público. Es decir, si debe prevalecer la intención informativa junto a la función formativa ético moral de los espectadores o emitir a destajo contenidos zainos mirando siempre de reojo a la carrera de audiencias, que es la que, a la postre, da el dinero. El caso es que, cuando nos preguntan si preferimos debates culturales y programas que atañan al interés público (a priori la política, la economía, la sociedad, etc.) o reality shows, levantamos la voz pidiendo casi a gritos lo primero. Hasta ahí, genial; pero la intención no es siempre lo que vale.
El exitoso programa que ha copiado televisión española es uno de los ejemplos más claros de lo que no deberíamos hacer. Pocas veces, se pueden contar con una mano, los políticos de primer orden bajan de su pedestal a los medios de comunicación para hablar claramente a la ciudadanía sobre sus intenciones. Y mucho menos cuando son los propios ciudadanos los que hacen las preguntas. El caso es que se ha conseguido, primero el Presidente del Gobierno, y después el líder de la oposición, pero se desaprovechan las oportunidades. Por dos razones: una, podría ser una mezcla más variopinta del público que cuestiona al invitado, en la que se incluyan, además de representantes de todos los grupos sociales, profesionales de la comunicación, que son los que conocen muchos aspectos desconocidos por el resto de la sociedad. La segunda razón es que los medios sólo extraen el detalle nimio, la pregunta, no más estúpida, pero sí de las menos importantes, en lugar de realizar un análisis paliativo de esta situación política que, en vez de sosegar, crispa a cualquiera.
Como españoles que somos, lo que nos quedará a partir de ahora será criticar lo que se mueva con caras de sabelotodos, como si conociéramos la realidad de todo y de todos, en vez de plantarnos ante los medios y explicarles que lo que se quiere es otra cosa. Aunque, pensándolo bien, si los medios están al servicio del público, normal que nos ofrezcan bagatelas. Ante nuestros escasos dedos de frente, acostumbrada a culebrones, sensacionalismo estridente y ultrajes parlamentarios con insultos y zafiedades, que viene a ser lo mismo, podría considerarse hasta normal que el cuarto ‘poder’ nos ofrezca esto. Quizá lo merezcamos.
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